miércoles, 8 de noviembre de 2017
Antídoto
Tengo miedo de escribir(te) porque a la falta de comas y puntos parece que ya no se vale leerlo porque la gramática lo dice pero lo que tú no sabes es que así es como mi cabeza funciona mejor porque sin respirar parece que salen todas las cosas que están ahí todo el tiempo y que mi boca no puede siempre poner en orden porque mi cabeza ya le dio dieciséis vueltas a lo que estaba pensando y entonces la idea ya se volvió en posibilidad y las posibilidades son infinitas cuando no decides pero si no lo haces las personas se desesperan y te gritan o no entienden pero si lo haces ya no existe la otra posibilidad de ser y si se deja de ser no estás y entonces si ya no estás tu cabeza no funciona y por eso cuando escribo respiro. Le pones pausa al tiempo, como cuando estoy contigo. Ya lo sabes, como Borges lo decía. Puntos y comas, las perras negras que me han atormentado por tanto tiempo parecen fluir una vez más. Sin miedo. Respiro profundo y escribo.
jueves, 12 de noviembre de 2015
La imagen de algo o alguien en una superficie
─ Alguna vez, en algún lugar,
alguien me dijo que nuestras lágrimas están contadas. Que tenemos un número perfectamete calculadas de ellas; de ser ese el caso, podría decirte con seguridad que me
las he acabado. Ya no preguntes más si ya sabes que es por amor.
─ ¿Amor?─ contestó con un tono casi condescendiente ─ ¿De
verdad crees que eso fue amor?
─No lo creo. Lo sé. ─continué─ Esas cosas se saben y
ya. El amor no se piensa ni se elige. Llega y se va con la misma facilidad, no
quieras discutir.
─De haber sido amor no estarías aquí teniendo esta
conversación conmigo y eso sí que lo sabes.
Aquella risita burlona me pareció demasiado familiar.
Me acomodé en la silla cruzando los brazos y me limité a mirarla fijamente.
Ella me imitó, me miró y se dejó caer en el respaldo de la silla. Esos ojos me
retaban. Me hizo enojar por lo que le dije:
─ ¿Sabes? Tal vez ese sea tu problema: eres demasiado
cínica. Por eso no sabes lo que es querer de verdad. El amor te quema y te
duele. Por eso lloras.
─ ¿Y qué, también te dijeron que las lágrimas limpian
y se llevan todo al olvido?
─Sí. Pero del olvido nadie regresa, por eso no le
lloras a alguien.
─Déjame entender, lloras por el amor pero… ¿no lloras
por tu amor?
─Exactamente─ contesté con seguridad─ lloras por lo
que es, lo que fue o lo que no será. Nunca le concedes ni dedicas tus lágrimas
a alguien, se perdería entre los recuerdos. Y si se pierde, entonces no es
amor.
Sonreí sintiéndome triunfante. ¿Qué podría decirme
ella sobre lo que es o no el amor? Se ríe porque no sabe de lo que habla, no lo
conoció. No lo escuchó ni lo sintió.
─ ¿Entonces, si dices que fue amor, qué haces aquí
diciéndome que te has acabado las lágrimas?
─Lloré hasta acabarme mis lágrimas porque… ─ mi
garganta se anudó cortándome la voz─ porque… aunque no estás tú para saberlo ni yo para
decírtelo y sólo porque estás haciéndome enojar, te lo voy a decir. A ver si
así ya te vas y me dejas en paz. ─Me acabé mis lágrimas porque quise llorarle a
eso que no ha lamentado. Le lloré a un pasado que no era mío. Quería salvarlo
de ahogarse en su propio mar de lágrimas no usado.
─Tan típico, el acto heroico que es más bien estúpido.
─ ¡Carajo! ¡Ya déjame en paz! ¡Vete!
─ No lo haré hasta que entiendas que si te acabaste
tus lágrimas fue por estúpida.
─ ¡No, no y no!
─ Deja de engañarte. Te acabaste las lágrimas
queriendo olvidar. Querías olvidar a alguien tan egoísta que el único amor que
es capaz de sentir es el propio. Acuérdate, el amor no se cambia como la ropa
interior. El sexo tal vez sí, pero ¿el amor...? No. Deja de engañarte. Tal vez es
cierto que va y viene tan rápido que no logras percibirlo hasta que éste ya ha
pasado pero no lo puedes reemplazar tan fácil.
Mi cabeza estaba a punto de explotar de rabia. Quería gritarle
lo mucho que la odiaba, la razón la tenía yo. Tal vez no fue correspondido, en
eso estaba en lo cierto pero eso qué tenía que ver. Ella no sabía nada. No… De
repente, la puerta se abrió e iluminó con fuerza la blancura total del cuarto. Sentí
un tirón en los hombros que me devolvió a la silla.
─ ¡Querida, querida! Aléjate de ahí antes de que te
hagas daño, tienes una visita muy especial y no creo que quieras que vea que tendremos
que sacar la luna del cuarto.
FIN
lunes, 20 de julio de 2015
Efectos secundarios:
Escribirte sería tan genérico que me daría asco.
Esforzarme por hacer que se vea lindo lo que quiero decirte me haría vomitar mi indignación sobre el papel.
Vomitar, de manera literal.
Se sentiría como una completa mentira pues no podría no hablarte de esos lunares iguales ni dejar de confesar que no dejé contaras los míos pues conocerías así demasiado.
Me llenaría de rabia escribirte y dejarte saber.
Serías otra carta más.
Un sustantivo perdido.
Escribirte sería igual de grotesco que renunciar a la idea de que eres magia.
Sería como admitir mi derrota ante la razón.
Sería escupirle en la cara a un te quiero.
Escribirte me produciría náuseas, igualitas a esas que siento cuando no sé nada de ti o leo el 93 y me lleno de perras negras por sacar un total.
Total, escribirte nos haría los hipócritas más grandes.
"Qué lastima que mis mejores sentimientos me hagan vomitar. La gente se enamora y no vomita, por eso se envenena."
Esforzarme por hacer que se vea lindo lo que quiero decirte me haría vomitar mi indignación sobre el papel.
Vomitar, de manera literal.
Se sentiría como una completa mentira pues no podría no hablarte de esos lunares iguales ni dejar de confesar que no dejé contaras los míos pues conocerías así demasiado.
Me llenaría de rabia escribirte y dejarte saber.
Serías otra carta más.
Un sustantivo perdido.
Escribirte sería igual de grotesco que renunciar a la idea de que eres magia.
Sería como admitir mi derrota ante la razón.
Sería escupirle en la cara a un te quiero.
Escribirte me produciría náuseas, igualitas a esas que siento cuando no sé nada de ti o leo el 93 y me lleno de perras negras por sacar un total.
Total, escribirte nos haría los hipócritas más grandes.
sábado, 11 de julio de 2015
Los ocho centímetros de orgullo
- “¡Ana!
¡Abre la puerta! ¡Ana!”
Ana
sentía los golpes en la espalda como si ésta fuera la puerta. Así tanto le
dolía. Su mirada, perdida, en el otro lado de la pieza. Dos lágrimas
recorrían sus mejillas dejando ver esos ojos más azules que nunca.
- “¡Ana!
¡Ábreme por favor! Ana… Ana por favor…”
La
voz quedó ahogada por un suspiro y un sollozo dejó escuchar a Gonzalo
diciendo su nombre una y otra vez.
- “Ana…
por favor… ¡Ana!”
***
Cierras
los ojos. Respiras profundo y aprietas tan fuerte como puedes, quizá así podrás contener las lágrimas que corren sobre tus mejillas como navajas en
tu piel. Cierras los ojos y pretendes desaparecer.
Te
resbalas hasta el piso como hacen en las películas y te ríes un poco por caer
en lo cliché.
El ruido de esos golpes, los gritos y el reparo de que las tazas de té están derramadas al otro lado de la habitación pasan a segundo plano. Estás y nada más.
El ruido de esos golpes, los gritos y el reparo de que las tazas de té están derramadas al otro lado de la habitación pasan a segundo plano. Estás y nada más.
***
- “¡Ana!
¡Por favor!”
Gonzalo
ahogaba su llanto y frustración en la manga del brazo derecho, con él, se
detenía en la puerta. La mano izquierda, golpeaba.
- “¡Ana!”
Los
vecinos del veintitrés salieron de su departamento como furtivos, dijeron buenas noches
de manera casi forzada y Gonzalo con un gruñido les contestó.
- “¡Ana!
Ya desperté a todo el edificio, ábreme por favor…”
***
Te
levantas y observas el exterior por la mirilla, todo está distorsionado pero lo ves
a él. ¿Qué fue lo que hizo sino llegar a tu vida? Suspiras.
Secas
esas lágrimas. Cortan. Lágrimas que no le pertenecen a él. Suspiras de nuevo. Vuelves a
la mirilla y lo ves llorar. Quieres abrir pero ya te hizo llorar. Pones
el seguro.
Fue
tan rápido todo, estaban bailando y te dijo alguna verdad. No te gustó
escucharla, eso pasó...
***
Gonzalo
y Ana lloran. Están separados por sólo ocho centímetros de madera y es el orgullo lo que los mantiene más lejos. Se
habían contado dolores y secretos antes ya pero, bailando y tomando, hablaron de más y
todo explotó. Ana algo dijo. Gonzalo, como siempre, impulsivo; reaccionó y la lastimó. Ana,
asustada y molesta, corrió para defenderse. Gonzalo sintió perderla y corrió detrás de ella.
***
- “¡Ana!
Ya no quiero gritar. Las cosas no tienen que ser así, podemos hablar. Sabes que
podemos hablar. Quiero hablarte y contarte.” El
silencio entre cada golpe a la puerta dejó escuchar el
seguro de la misma, se cerraba y de repente; se abrió de nuevo.
***
Ya
no lloras. Ya no duele; quieres escucharlo y entender. Respiras profundo y quitas el seguro.
Tal vez no es tan buena idea dejarlo entrar. Quieres que entre, quieres callarlo con un beso y decirle que entiendes. Suspiras. Ya lo quieres. Quitas el seguro de la puerta y la abres.
Tal vez no es tan buena idea dejarlo entrar. Quieres que entre, quieres callarlo con un beso y decirle que entiendes. Suspiras. Ya lo quieres. Quitas el seguro de la puerta y la abres.
***
Gonzalo
enmudeció y Ana; sonrió. Lo tomó del brazo empapado de lágrimas, lo acercó
hacia ella y la abrazó.
miércoles, 1 de octubre de 2014
Hostigador
Sí, tú. Te hablo a ti. Así solía llamarte, ¿lo recuerdas?
Quizá no lo hagas, fue hace mucho tiempo ya.
Ya no hay inocencia ni dulzura en la palabra.
Solíamos decirnos así pues queríamos acosarnos con la idea del otro, ¿no es cierto?
Sí, tú. Te hablo a ti. Al que rompió mi corazón por rechazar aquella invitación para tomar el té. ¿Estás ahí?
Tú, el que con un beso perpetuó mi perdición.
El que con bromas me deshizo la razón y con tu ironía punzante lastimaste mi interior.
Sí, tú. Te hablo a ti. Al que finge no escuchar.
Lo hiciste ya, hablaba contigo de alguien más. ¿Por qué ahora sería diferente?
Tú, con tu maldita sonrisa.
No sé el motivo por el que no puedo olvidarte.
Quiero hacerlo ya.
Sí, tú, el hostigador de mis ideas. De mi persona.
Sí, tú, el hostigador de un pequeño pasado. De mi memoria.
El hostigador de mi amor.
miércoles, 28 de mayo de 2014
Una declaración de amor:
Una declaración de amor no es más que una manifestación definitiva de lo que se siente.
Es un beso robado. Es la confesión más difícil. Es una carta que quemarás y el viento se llevará. Es una llamada en la madrugada.
Una declaración de amor es el acto de valentía más sincero que hay, uno no lleva escudo ni espada para escuchar la respuesta. Es una rosa, una margarita o un clavel. Es una orquídea para lo más románticos.
Una declaración de amor es un riesgo. Es el gran gesto del que las películas hablan; una serenata mientras detienes una radio sobre tu cabeza. Es un mensaje impulsivo o un abrazo.
Una declaración de amor es una invitación. Es un libro o una canción. Un regalo o cualquier recomendación.
Es esa visita clandestina a la mitad de la noche. Es eso que piensas sobrio pero dices intoxicado con alcohol.
Es esa visita clandestina a la mitad de la noche. Es eso que piensas sobrio pero dices intoxicado con alcohol.
Una declaración de amor es un poema. Son unas cuantas palabras. Es un anillo. Incluso, podría ser ese papel. Una declaración de amor es decir lo que por mucho tiempo has callado. Es invitarte a tomar el té.
sábado, 10 de mayo de 2014
Leer a Cortázar, amar y morir.
“Ella me preguntaba
qué sentía cuándo leía a Cortázar. Nunca le contesté. Tal vez sentí lo mismo el
día en que la maté.”
***
El
día que me enteré que Julián Marín, un asesino, había dicho semejante cosa y comparado el placer que
le causaba matar con el de leer a Cortázar, supe que tenía que conocerlo. Sabía
que tenía que escribir una historia sobre él. ¡Tenía que entender semejante
comparación! Además, la revista donde trabajaba querría tener aquella entrevista, era casi el aniversario
de la publicación de Rayuela y semejante afirmación nos daría un tremendo artículo
que incluir en el número del mes.
***
***
Prendí
la videograbadora pero la cinta se atoró. Tuve que sacarla y ponerla de nuevo.
Estaba nervioso, las manos me sudaban y la voz me temblaba.
Los
ojos de aquel asesino parecían un océano infinito. Profundo y oscuro. Me
miraban con un aire
de curiosidad pero sin interés real.
Tosí
una vez a modo de limpiar mi garganta para comenzar a hablar.
-“Tengo
entendido que fue capturado apenas hace unos meses, y debo decir que su
declaración sobre Cortázar me puso los pelos de punta, Julio Cortázar es mi
ídolo.”
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Silencio >>
Mis
manos se resbalaron para apenas abrir la carpeta que contenía su caso, la cerré
de golpe y el hombre sentado frente a mi soltó una carcajada.
-“¿Demasiado
gráfico?”
-“No
estoy acostumbrado a ver mujeres desmembradas, eso es todo.”
-“Sólo
le faltan unos cuantos dedos a esa que vio, la siguiente carece de pies y si
bien recuerdo, la tercera no tiene las piernas en el lugar que debe.”
La
serenidad con la que me describía a cada una de las mujeres me asustaba mucho
más que las fotografías ocultas bajo las tapas de la carpeta.
-“Si
me disculpa, no vengo a conocer la anatomía de las mujeres que
asesinó, sólo quiero saber porque hizo esa referencia a Cortázar. Saber porque
la sensación que le causaba matar a las mujeres le parecía similar a leer al
autor.”
Con
desdén y de mala gana me contestó:
-“No
eres más que eres un pobre letrado interesado en la historia de un asesino culto.”
Soltó una carcajada que me petrificó.
Soltó una carcajada que me petrificó.
Después
de un largo suspiro y una gran dosis de valor pude contestar.
-“Julio
Cortázar causa un millón de sensaciones en mí, quiero conocer porque a usted,
un asesino le causa el mismo placer leer que matar, no le veo ninguna
semejanza.”
-“Eso
es porque no has matado a nadie.”
-“Y
no planeo hacerlo pronto. Quiero una historia en donde pueda hablar de mi autor
favorito, quiero su historia, escribirla y dejarlo en paz, que viva bien, si es
que se puede, en un lugar como éste.”
La
carcajada que soltó esta vez fue mucho más ruidosa que la primera. ¿Qué pasaba
con ese hombre? No tenía nada de gracioso querer algo para escribir, cada
historia te cautiva de una manera diferente y única, quería escuchar la suya. Quería
mi artículo y el crédito que me daría la revista por él.
-“Tú
no quieres escuchar mi historia, quieres algo para escribir, no quieres que te
diga la verdad sobre Cortázar y sus historias.”
-“Quiero
saber porque dijo que leer a Cortázar es igual que matar.”
Con
un gesto arrogante pidió que le diera el paquete de cigarrillos que había
pedido a cambio de conceder la entrevista.
-“Cortázar,
enamorarse y matar son la misma cosa. No hay gran secreto detrás de lo que
hice.”
Me
quedé por un momento en silencio, no supe que contestarle. Ni siquiera estaba
seguro de lo que me quería decir y tal vez era solamente una provocación. Me lo
habían advertido, un recluso y asesino no me diría lo que quería escuchar. De
momento dijo:
-“María
era el nombre de la primera mujer que maté, era mi mujer. Bueno, algo parecido.
No estábamos casados y decir mi mujer me hace sonar viejo.”
Hizo
una pausa momentánea, parecía estar recordando algo que le causaba mucho dolor.
Un recuerdo amargo.
-“No
te voy a contar la historia ni mi historia, la verdad es que si quieres saber
porque Cortázar, el amor y la muerte se parecen tienes que aprenderlo tú. Puedo
decírtelo como un secreto: Relato con un
fondo de agua, una navaja y tu soledad seguro te lo dirán.”
Llegó
el guardia y nos informó que nuestro tiempo se había agotado, se llevó con un
brusco movimiento al hombre que me había dejado perplejo. Claramente sabía que
hablaba sobre un cuento de Cortázar, la navaja era una mala broma seguramente y
sobre la soledad no logré entenderlo. Recogí mis cosas y me fui.
Regresé
a mi apartamento ya con el cielo ennegrecido, dos tés y un libro en
mano. Una compilación de cuentos. Exacto, Julio Cortázar.
Abrí
la puerta y vi la figura que me hacía suspirar cada vez que la veía. Vestía
solamente unas bragas blancas y un pequeño top
que me dejaba ver a través de él unos senos tan pequeños que eran apenas
distinguibles. Había estado pintando, tenía restos de óleo en el fleco que
cubría aquellos ojos cafés que se clavaban en mi mirada y me desarmaban.
Dejé
todo lo que traía en mano para ir corriendo a besar a esa criatura magnífica.
La tomé por la cintura y dejé caer en sus labios un beso.
Caímos
juntos en la cama, la yema de su dedo recorriendo mi pecho me hizo estremecer,
su tacto no era cálido como siempre. Fue frío.
Ni
siquiera acabó.
Tendidos
en la cama mientras se aferraba a mi cuerpo con fuerza, abrí el libro de cuentos
y le leí Relato con un fondo de agua en
voz alta, cerré el libro y mi mirada
quedó suspendida en el aire, me quedé pensando y tratando de encontrarle algún
sentido al cuento. Pensaba en lo que Julián Marín había querido decirme.
***
Me
gustó pensar que había sido el leerle el cuento lo que la ahuyentó.
Desperté
seguro de lo que el cuento quería decir. Había sido un sueño lo que le había
asegurado matar. El cuento le dijo que tenía que matar. El amor que le tenía a María no
era suficiente, hubiera sido él el cadáver flotando.
Un
extraño silencio dominaba el apartamento, una desesperación invadió mi cuerpo.
Ya sabía qué estaba pasando. Corrí a la cocina y el té estaba derramado. La nota empapada contenía unas cuantas palabras de culpa, de desdén y un adiós definitivo.
Ana me había dejado.
Ana me había dejado.
***
“Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.” -Rayuela, Julio Cortázar.
Estaqueado
a la mitad de mi departamento me quedé por seis meses. Julián Marín estaba a
punto de ser ejecutado y yo no había escrito ni una reseña sobre la entrevista
que le hice. La revista me había echado. Estaba devastado.
Era
una de esas noches donde la Luna es tan grande que sientes poder tocarla, una
botella de whisky y algunos discos viejos fueron mis fieles amigos para conocer
y encontrar la soledad. Sí, esa soledad. Esa que cala los huesos y duele hasta
el último rincón del alma.
Me
di cuenta que ya conocía los secretos de Julián Marín y los de Cortázar, le di
un trago a la botella de whisky, agarre la navaja para afeitar y la pasé por
mis muñecas dejando expuesto el hueso y las vísceras del brazo. La sangre
empezó a correr y sentí como mi cuerpo se desvanecía.
Con
un último esfuerzo, papel y pluma alcancé a escribir:
Morí en manos de mi
propia soledad. Acabé con una vida, la mía. Se demostró que Cortázar, amarla y
matarme son lo mismo. Cortázar se mete en tu piel y se vuelve tu vida, la
muerte te desprende de ella y amar te aferra a la de alguien más. Cortázar te
consuela del dolor de amar y de matar, te entiende pues ha soñado con matar y
tú lo has hecho. Las palabras que te da son solo una forma de entender la
muerte y el amor. Matar y amarte. Matarte hubiera sido más fácil pero te amo
tanto que prefiero morir. Ana, en mis sueños te maté. Ana, en mis sueños te
ahogaba. Ana, en mis sueños te extrañaba.
***
FIN.
FIN.
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